diciembre 10, 2025

PANQUÉ DE CACAO Y PLÁTANO CON HARINA DE ALMENDRAS

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En 1985 yo tenía seis años y de esto sí me acuerdo: Estábamos hechos de leche y pan porque la vida hace unos años se basaba en otros informes y datos a esa edad.

Tengo esa sensación que una época completa de mi infancia quedó en el fondo de un vaso en una mezcla apelmazada de leche con moronas remojadas de pan.

Buscando en las partes que tengo fragmentadas de incontables momentos frente a un vaso de leche, panes y diversidad de postres, no entiendo por qué no soy diabética. Siento que al interior de todas mis células que viajan por mi cuerpo, hay abundantes memorias de pura azúcar.

Afortunadamente y para mi suerte, cuando era muy chiquita y me llevaban al super del carrito del que yo me sujetaba era uno que llevaba un jardín de verduras y fruta y algo hizo de bueno en mi ser; el segundo carrito era de latas, cereales azucarados y otras despensas.

Nunca fui remilgosa para comer, los brócolis cocidos si eran árboles miniatura y yo los podaba de sus copas acolchonadas de una mordida.

Pero el deseo de pan dulce es algo que se trae en la sangre. ¿Aprendido? En mi experiencia, totalmente sí. ¿Se puede soltar algo tan arraigado?: yo pensaba que no pero sí es posible.

Ojalá otras cosas se soltaran así de fácil como soltar el pan, pero esta vida está diseñada para sentirlo todo.

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Aunque hoy recuerdo que dejar de fumar, para mí fue casi igual de fácil que dejar de comer pan dulce.

Hace muchos años dejé de fumar. Y no es que fumaba como chimenea, la mayor parte lo hice de estudiante o para ser más precisa creo que fumé por primera vez en tercero de secundaria. En medio de una tardeada de fin de curso me escondí con algunas compañeras en una de las escaleras afuera del colegio y ahí probé por primera vez los Viceroy light que tenían una estrella en el filtro. Después, con las credenciales que uno siente de crecido y casi adulto al entrar a la prepa, ahí también fumaba después de clases para hacer notar más esa importancia de ser mayor de edad y que el mundo te pertenece con un cigarro super delgadito "Capri" o depende la fiesta una rebeldía con un "Farito"; pero definitivamente nunca fue un vicio chupa sangre, era la novedad de las fiestas, casi todos fumaban y era algo más social. Después de la Universidad iba y venía dejándolo o lo reservaba para las salidas de fin de semana y los cafés con amigas. Haciendo memoria nunca fui una fumadora solitaria enviciada, pero sí lo hice muchos años. En algún momento cuando era novia de Alonso lo dejé porque noté que mi piel era tan blanca como el pan y con altas posibilidades de ser más arrugada que otras pieles que lo dejé de un día a otro de golpe.

La vanidad me pudo más que la salud. Son más de 18 -19 años que dejé de fumar y me alegro, pero el pan dulce es otra historia.

Cuando era niña era normal desayunar y cenar leche y pan, si había huevos o cosas saladas pero terminar con un pan con mermelada o galletas remojadas en leche era todo un acto alimenticio completo.

Fui a varias panaderías con mi papá, pero la que más recuerdo es una que no sé si siempre llevó el nombre de Pan bueno que está en la Av. Golfo de Cortés.

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Tengo muy vivos esos recuerdos: Yo metía el mundo y me enterraba en esas charolas de pan, me dejaba llevar desde el ritual de esperarlo en la ventana para ver su viejo Datsun rojo llegar y emprender el camino hacia la panadería.

Mi papá me tenía la paciencia de un Santo. Todo el trayecto yo iba como esas caricaturas de los muppets, hable, hable y hable de mi día o si observaba algo en la calle o en mis pensamientos lo inundaba de preguntas; una vez llegando a la panadería y cargada la charola con 25 piezas de pan, la vuelta al carro de regreso era como llegar con un tesoro a la casa para acomodarlo en la panera por orden de esponjosidad, tipo de cubierta, desmorone, fragilidad de hojaldre o a veces esconder una pieza debajo de otra para ver si alguien no me la ganaba al día siguiente.

Era un tiempo fácil y las conchas eran básicas: blancas o de chocolate, las empanadas de crema o de piña, no había sabor matcha o con relleno de avellanas o pan premium de masa madre. No había una niña con el celular en el trayecto en el carro, sólo la presencia absoluta de mi curiosidad y la plática.

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Son demasiadas teorías las que tengo donde confirmo porque soy lo que soy; y a lo que este pan le corresponde el relato o lo que a este relato le corresponde el pan o a lo que esta hija le corresponde a ese padre:

Esos trayectos al pan con mi papá me enseñaron el valor de ser vista y totalmente escuchada.

Hace más de 6 años empecé a eliminar poco a poco el consumo de azúcar de manera tranquila y sin rigor y con el paso del tiempo noté muchos cambios, es difícil hacerlo porque hay muchos productos no dulces que la contienen y cuando puedo yo hago mis propias versiones para sustituirlos. Claro que en fiestas muy de vez en cuando como algún postre pero ya no siento la necesidad del impulso de algo dulce. Pocas veces al año hago galletas, brownie o pay pero con versiones bajas de azúcar y harinas.

A veces se extrañan esos tiempos donde no había redes sociales y sobrecarga de información, uno sólo iba al doctor cuando enfermabas y ya; no pensábamos todo tanto, hoy siento que de puro analizar todo lo que me hará daño y está mal me enfermo de pensamientos, hoy la necesidad de cuidarse desde antes es muy grande y muchas veces hasta abrumadora.

Sólo a medida que uno envejece se da cuenta que sí, efectivamente somos lo que comemos pero también lo que pensamos y somos y creo que eso jode más esas células que nos habitan.

Me resulta imposible saber el secreto de la vida pero veo posible hacer una suficientemente buena: Cuando me fui a vivir sola casi siempre tuve panaderías cerca y de vez en cuando yo era la que les llevaba una bolsa de pan y compraba dos piezas de antojo para mí. Si mi papá viviera sé que preferiría que lo llevara por su tradicional charola de pan en lugar de mis recetas, yo sería la que manejaría el auto y la plática de ida y vuelta sería convencerlo de salud sin azúcar, el diría que no sabe igual y que de todos modos de algo se va a morir.

(La vida es absurda, nunca se imaginó lo que le pasaría ni cómo moriría -ni yo tampoco- pero esa es una larga crónica pendiente).

Era 1985, yo tenía seis y mi papá y yo cargábamos su Datsun rojo con 30 piezas de pan, esos eran los datos más felices que tuve.

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PANQUÉ DE CACAO Y PLÁTANO CON HARINA DE ALMENDRAS (SIN AZÚCAR)

 

Ingredientes:

-2 Plátanos bien maduros, ya con la cáscara negra, mejor.

-2 Tazas de harina de almendras

-3 huevos

-1 cucharadita de extracto de vainilla

-1/2 taza de cacao en polvo (yo uso uno que venden en Costco orgánico 100% cacao no cocoa)

-Para endulzar: usé 5 gramos de stevia en polvo y 3 cucharadas de miel de agave (se puede usar miel de maple pero busco versiones de bajo índice glucémico)

la segunda vez que lo hice probé 7 gramos de stevia pero sin miel y también funcionó

-1 cucharada de canela

-1/2 cucharadita de royal

-1/4 de cucharadita de sal

 

 

Preparación:

1. Precalentar el horno, el mío es eléctrico y lo hago en 350 F. Tener un molde listo para hornear, yo uso uno de silicón, si no tienen, engrasar y enharinar un molde tipo de panqué o refractario de horno.

2. Machacar los plátanos en un bowl, agregar los huevos, la vainilla y mezclar muy bien (pueden usar batidora)

3. Incorporar la harina de almendras, canela, royal, sal y el cacao. Mezlcar muy bien.

4. Agregar nueces o almendras picadas al gusto (opcional)

5. Hornear por 50 - 65 min. aprox. en la parte media del horno o hacer la prueba de introducir un cuchillo al pan y que salga limpio.

yo los últimos 10 min. le puse un aluminio porque sentí que se doraba demasiado (pero en hornos eléctricos a veces pasa por la altura), esa técnica me funciona siempre que hago algo en mi hornito.

¡Hasta pronto!