septiembre 10, 2025

ENSALADA VERANIEGA DE CEREZAS Y LO ABSURDO DE LAS COSAS

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Sacar un hueso de cereza puede ser la escena de un crimen. Mientras miro mis manos dramáticamente encerezadas, reflexiono en muchas cosas que compro y que yo considero útiles como la amplia variedad de utensilios y cosas de cocina:

Están lo cucharones para cocinar y los cucharones para servir, porque a pesar de que los dos son de idéntica forma honda de cuchara y sirven para lo mismo, no son lo mismo; al igual que mi platón redondo de madera, el de cerámica, el de color claro, el obscuro, el liso y el estampado junto a los tres tamaños distintos de cucharitas y de tenedores plateados dorados o combinados.

En un análisis honesto y riguroso, veo que muchos de los dobles o triples juegos de cosas que estoy revisando podrían no existir. Porque siendo muy objetivo hacia el objeto en cuestión que tengo ahora en mano: mi cuchillo mediano básico de diario desgastado y sin chiste, este mismísimo utensilio afiliado me puede servir para: picar, untar mantequilla, untar un dip, embarrar la mayonesa al pan, cortar el queso botanero y hasta decorar el lugar en la mesa de algún invitado si le toca un día de carne en este hogar; pero yo decido tener diferentes formas de un mismo objeto para emperifollar la situación o evento culinario. Le veo una utilidad de carácter muy personal.

Y entre todo este universo, no tengo un descorazonador de cerezas.

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Lo ridículo de la cantidad de cosas que observo, es que puedo justificar amplia y detalladamente el porqué de los distintos tamaños, grosores, texturas y colores de un montón de platones, utensilios y bowls que a simple vista sirven para lo mismo y por qué para mí no es lo mismo. En un análisis práctico y simplista, cualquiera podría verificar que un simple recipiente como un tupper ware contiene igual que uno de cerámica texturizada, pero créanme, no “contienen igual”; es similar a esa sensación que te queda cuando sientes que alguien te escuchó muy bien, con empatía y logra verte en las palabras a alguien que sólo puso su oído rápidamente y de pasada. Entre el tupper y el bonito bowl de cerámica se dan esas leves o marcadas diferencias como simples objetos inanimados y son las que tienen la capacidad de transformar la experiencia de lo que cargan dentro y simplemente, hacen sentir todo distinto.

¿Es absurdo? posiblemente sí.

Pero cuando comprendí que muchas de las cosas en esta vida son igual de absurdas por la constante persecución de búsqueda de significado, más la suma de las acciones o compras raras que hacemos que por ahí rondan en nuestros espacios, vi que no hay otro remedio más que no preguntarse mucho, ya que tratar de explicar lo que hay dentro de esos microcosmos que habitamos y que se adaptan a nuestra personalidad, gustos o la diversidad de cómo vemos cada quién el mundo, sería una tarea casi inconclusa. Al final habla de cómo contenemos lo que también llevamos dentro.

Ahora entiendo por qué en esas películas apocalípticas siempre salvan a sólo un porcentaje de humanos para colonizar un mundo: doctores, científicos, exploradores, agricultores, filósofos, etc. Definitivamente yo no sería elegida para ir en las cápsulas salvadoras, siendo honestos:

¿Quién querría llevar a una diseñadora gráfica?

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Pero suponiendo: si me tocara la suerte de salir en el grupo de humanos de a montón y me dieran a elegir un utensilio de cocina para llevar, sé que seguramente sería un cuchillo, ¡Nunca un descorazonador de cerezas! .

Mirando mis manos de pronto vi cómo algo tan delicado puede transformarse en algo violento. Mientras batallo con las cerezas que ponen resistencia o se me escapan de las manos, mi terquedad me domina y pienso:

 “¿Qué me detiene a no adquirir un sacador de huesitos si compro otras porquerías absurdas?” y la respuesta es: porque a pesar de que entiendo de compras inútiles, un artefacto así me parece sin sentido y elijo la violencia.

Cuando era niña, recuerdo un utensilio en forma de tijera con cabeza ovalada que era exclusivo para colocar una nuez de castilla y tronarla para poder retirar la cáscara. Lo vi durante toda mi infancia rodando sin sentido atorándose con otros cubiertos y utensilios. Curiosamente cuando se perdía o se iba hasta la parte de atrás del cajón que parecía ferretería, uno tomaba el remplazo de ese instrumento con el exprimidor de limones de metal y hacía el proceso de aplaste de nueces igual, ahora pienso que hasta con más celebración y pericia: “yo puedo, cómo de que no”. Tenías que entrenar la  presión de la mano y aplastar justo lo necesario, un leve “crash” con presión ligera para que eso no fuera polvo de nuez y  si te sobraba la fuerza, también podías no usar el exprimidor de limones y salir de cáscaras tomando dos nueces del mismo tamaño y apretándolas al mismo tiempo, confieso que esa fuerza no la tuve pero vi a mi papá hacerlo.

¿Dónde estaba ese instrumento especialmente diseñado para las nueces cuando alguien lo necesitaba?, un misterio y nadie nunca lo extrañó.

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Y es que se extrañan otras cosas: la pica lica, la máquina espacial de hacer yogurt, el saca bola de nieves con manija, que ese magnífico utensilio ya estaba cuando yo nací y mi mamá me lo dio cuando me fui a vivir sola. Me lo entregó con el mango quemado y derretido con un confuso hoyo donde nunca podré descifrar en qué tipo de tortura acabó el mango plástico pegado a una hornilla y por qué, literalmente lleva un vacío dentro, pero así de accidentado me pareció tan vintage que siempre me gustó y me lo llevé. Desgastado y a veces rechinando me encanta sentir cuando la tira de media luna de metal gira al tiempo de la manilla para tirar la gloriosa bola. Alonso me lo ajusta cada rato de un tornillo porque los años lo atoran, pero lo hemos usado cada año con las nieves sin azúcar que compramos primavera y verano.

Preparando esta ensalada de cerezas veo que no tengo un descorazonador de cerezas porque sólo compro cerezas cuando están baratas, son esa clase de fruta de élite junto con higos y frutos rojos que siempre me han parecido caros. Cada verano que me recuerdo una y otra vez si realmente necesito un descorazonador, la mente me muestra la imagen de esas casas que tienen una milenaria charola con forma de pavo que se usa solo en Diciembre.

¿Podrían cocinar la generosa ave en otra cosa multiusos o uno compra la experiencia y la sensación de poder encamar el ave de vegetales en su jacuzzi de jugos?.

En parte entiendo lo absurdo de las cosas que tenemos y a pesar de que exista la mayoría de las veces un mejor o práctico remplazo, uno le otorga el sabio poder a esas cosas ya sea por la sensación o el típico: “ya no las hacen como antes” así como mi saca bola de nieves desvencijado.

Es como un viejo cuchillo eléctrico que me ha tocado ver en otro hogar que lo sacan una vez al año para cortar un roast beef. El cuchillo va vibrando como una dentadura postiza a punto de desarmarse y tarda una eternidad en bajar para rebanar la carne, me recuerda a esas escenas de las películas donde hay una silla elevadora de esas que empotran con riel a las escaleras y alguien dramáticamente deja la escena después de decir un secreto importante y le toma una eternidad subir al segundo nivel, la escena es tan lenta y deja tanto espacio vacío e incómodo que siento que algo va a pasar. Ese cuchillo eléctrico sigue con vida de milagro, es un diseño viejo y desgastado, estoy pensando en la Navidad que deje de jalar, y ahí, los que disfrutan ese platillo, descubran que en la vida es posible otro camino: unas pinzas metálicas de pan en la mano izquierda para someter el jugoso volcán de carne y un cuchillo bien afiliado en la derecha.

Al final, mi saca nieve o ese cuchillo eléctrico son cosas viejas que sirven con fallas pero ahí están, con ese ligero tono nostálgico – funcional testigos de placeres, historias, mudanzas y gentes. ¿Bonito? Creo que sí lo es.

Yo lo absurdo que veo es un descorazonador de cerezas y por eso tengo dos métodos para encontrarle sentido a la vida:

El primero es cortarlas por la mitad como si fueras a cortar un durazno y separar sus mitades perfectas, después encajas con mucho cuidado la punta de un cuchillo para hacer botar el huesito que siempre, no sé por qué, pero siempre, se estrellará en tu ropa, rebotará en un plato limpio cercano, se deslizará por la mesa o tabla manchando con buen agarre de tinta todo a su paso o se dará un clavado en tu taza de café como me pasó el otro día. Lo importante de esta técnica es que la cereza debe estar bien firme para no hacerla explotar del apachurrón al sacar el hueso.

La segunda, que suele ser mi favorita, es agarrar un popote de metal, como otra cosa en la lista de objetos sin sentido y encajar el popote con fuerza en el centro de la cereza para empujar el hueso, las cerezas en su mayoría quedarán totalmente completas y algunas otras rotas, pero la técnica tiene un alto porcentaje de éxito. Parecería como si les sacaras el chamuco de un tirón.

Ahora que escribo esto me doy cuenta de por qué no me erigirían en los humanos para empezar un nuevo mundo, pero en fin, no se puede todo.

El ver por qué tenemos lo que guardamos y no soltamos es un ejercicio muy interesante y a veces sobre pasa lo material. A mí me tomó muchos años aprender a soltar cosas o incluso temas de ropa por algún trauma arraigado de miedo al futuro y escasez. Hoy disfruto regalar, cambiar, limpiar, soltar; adquiero cosas que me gustan, pero procuro desentilicharme antes de meter algo más. No soy muy gastadora, soy cuidadosa, me espero, elijo y aunque he cambiado mucho, todavía tengo algunos apegos y rasgos de cómo entendí la relación con el dinero y la culpa de tener algo, pero con todo y ese relajo interno descubro mucha libertad al deshacerme de cosas que sirven pero donde veo que su historia ya fue, eso es un gran desprendimiento interno y profundo más que el tiliche en sí.

Conservar objetos por algún recuerdo o extenderles la vida útil aunque rechinen tiene su lado bonito, lo absurdo o inútil de las cosas que nos rodean a veces tiene su lado de juego y libertad, ese de no tener que andar justificando y dándole sentido a cada cosa que habita en nuestras vidas solo por no contestarnos a veces:

 “No sé, simplemente me gusta y me hace feliz”.

La vida es tan complicada y muchas veces carente de sentido que necesita ser caminada en estilo libre con lo feo, lo bonito, lo difícil y lo feliz, con todo al mismo tiempo.

Picando todo para la ensalada de cerezas y viendo la saca bola de nieve en el escurridor de platos, me permitió observar lo carente de sentido de muchas cosas materiales acumuladas pero me dio todo el material para escribir este relato y eso le dio otro significado. A  pesar que un día se irá a la basura o alguien se lo topará seleccionando cosas en cajas que acabarán en una venta de cosas usadas de la difunta, siento que cumplió su propósito y me divertiría pensar que trataran de descifrar ¿Por qué tendrá un hoyo?.

Al final lo que es útil para una persona no lo es para otra y el sentido que le damos a la vida es igual de complicado que sacar un hueso de cereza sin el utensilio adecuado, pero de algo sí estoy bien segura: sería un crimen no probar esta ensalada.

 

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ENSALADA VERANIEGA DE CEREZAS

1. Quitar el hueso a las cerezas y mezclarlas con jitomate cortados en trozos grandes (retirar un poco las semillas), anadir cebolla morada.

2. La vinagreta: aceite de oliva, vinagre de manzana, mostaza dijon, un toque de miel de agave, sal, pimienta.

Mezclar todo muy bien, si lo dejan reposar en el refri, queda mejor.

3. Dorar pan rústico tipo los de masa madre para añadir al momento de servir.

Es fresca con la correcta mezcla jugosa del jitomate, lo ácido y lo dulce de las cerezas, una ensalada ganadora.